ESCALA HUMANA

Estela Correa Curaduría: Luis María Rojas Montaje e iluminación: Alejandro Alarcón Fotografía: Camila Gómez Estela propone volver la mirada hacia aquello que sostiene nuestro cotidiano: los afectos, la cercanía y los gestos mínimos que hacen habitable una ciudad en un tiempo donde lo humano está en constante redefinición. Entre arquitecturas bordadas y tramas que entrelazan memorias, cuerpos e historias, su obra desplaza la noción de “escala” desde la medida del espacio hacia la medida de la empatía, recordándonos que toda ciudad comienza allí donde aún somos capaces de reconocernos unos a otros. La inestabilidad de las definiciones sobre lo humano, ha formado un territorio de disputa que tensiona la experiencia contemporánea. Hemos llegado a los límites de la deshumanización cuando convertimos al otro en el número de una ecuación o de una encuesta. La ciudad parece haber perdido la medida del otro: negado, invisibilizado y desplazado perdimos aceleradamente la capacidad de definir lo humano por el vínculo, por el lazo, por la otredad, sin pensar cómo construir nuestras formas de convivencia y reconocimiento de los otros. Resignificar las formas en que pensamos nuestra realidad puede habilitarnos nuevas formas de integración. Repensar la noción de “escala” en la obra de Estela es explorar nuevas formas de habitar los espacios, nuevas formas de construir las relaciones. Dejar de pensar en la medida física para volvernos hacia una medida vincular: regresar al homo mensura para evitar el homo homini lupus. La ciudad es una red de vidas, experiencias, relaciones y memorias que dejan su huella de inequidad en la propia trama urbana. Una ciudad es también una construcción afectiva, un espacio en el que conviven encastradas diferentes formas de comunión y de dominación. Cuando decidimos reunirnos en núcleos urbanos, decidimos vivir integrados y conscientes de que somos dependientes del otro. En esa trama de relaciones, surgen historias de colaboración, de empatía, pero también de dominación y estratificación social que se explicitan incluso en nuestros pequeños gestos cotidianos. Estela nos muestra una mochila de delivery recostada en un rincón de la casa, una cama cucheta en un espacio reducido, un carro empujado oculto por la madrugada y el ámbar de una iluminación deficiente. La simple acción de abrir una ventana (aunque hay ventanas y ventanas) y retratar ese paisaje nos habla de cómo vivimos nuestro cotidiano desde la resistencia y los anhelos sobre un trasfondo político que quiere vernos resignados. Estela nos alienta a pensar cómo construimos nuestra ciudad, cómo nos protegemos del abuso, cómo construimos nuestra madriguera, nuestro espacio de cobijo frente a una realidad que aplasta las diferencias y las aspiraciones ¿Cómo vivir en una ciudad que te desplaza, cómo vivir en un espacio político que te ignora, cómo vivir en un tiempo que te enfrenta al otro? Pensar la escala humana ya no es sólo pensar en las medidas de unos cuerpos abstractos que deben ser numerados, estabilizados y colocados racionalmente en un espacio modular para optimizar sus necesidades, capacidades y proyecciones. Pensar la escala humana es pensar en la capacidad de reconocernos mutuamente, en la cercanía, en la correspondencia, en la solidaridad para volver a hacer habitable la ciudad: “es abrirse a un tiempo y un lugar que sea vivible”. Luis María Rojas

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